En estos tiempos de desánimo, en los que proliferan las bajas laborales por estrés, depresión y ansiedad, hay quien es capaz de soportar largas jornadas de trabajo en entornos que provocarían severos ataques de claustrofobia a más de uno. Son valientes que resisten estoicamente los envites de la crisis en sus pequeñas tiendas instaladas en portales o descansillos. Vestigio de siglos pasados, la mayoría ha sucumbido a los tiempos de dificultades. Sin embargo, algunas sobreviven todavía en las calles de Madrid.
Es el caso de la Cordonería Fillola, tal vez la tienda más diminuta que sigue abierta en la capital. Guillermo, su propietario, se desenvuelve en apenas dos metros cuadrados entre una maraña de cordones, flecos y redecillas. El negocio ha pasado por todas las generaciones de su familia desde que lo fundara su bisabuela, Alfonsa Martín, allá por 1921. En aquel entonces era común que los comercios se establecieran en los descansillos de las escaleras. Pero sólo éste ha resistido hasta la actualidad.

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